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El periodo denominado “Los años dorados” fue entre 1950 y 1973. Se trató de un rápido crecimiento en la economía de los Estados Unidos de América durante más de dos décadas. Lo mismo ocurrió con las economías de Europa y Japón, que también gozaron de tasas muy altas de crecimiento. 

Los países avanzados del mundo impulsaron un auge de las materias primas que beneficio a los países ricos en recursos naturales, como los ricos en petróleo en el Medio Oriente, así como las naciones industrializadas de Asia Oriental, es decir, Singapur, Tailandia, China, etc.

 

La famosa conferencia de Bretton Woods, donde se establecieron las reglas para las relaciones comerciales y financieras entre los países más industrializados del mundo, se celebró en New Hampshire, EEUU en julio de 1944, a la que asistieron representantes de 44 países con el objetivo y resultado de diseñar un sistema monetario y financiero para la era posterior a la Segunda Guerra Mundial. “Bretton Woods”, como el “Plan Marshall”, se convirtió en una metáfora de gran éxito internacional, en este caso resultado de una conferencia. El sistema llego a su fin entre 1968 y 1973. Desde entonces se han hecho muchas sugerencias para un “nuevo Bretton Woods”, una de ellas en el año 2011 por el, en ese entonces, presidente Nicolas Sarkozy de Francia, para restaurar o al menos mejorar el sistema monetario internacional. “Europa lo quiere. Europa lo demanda. Europa lo obtendrá”. Fue parte de su declaración.

No puedo ni imaginar las dificultades que tomaría restaurar un sistema monetario de buen funcionamiento basado en reglas. Me refiero a que ha de ser fácil decir lo que está mal, pero llegar a un acuerdo de reformas sensatas, tiene que ser difícil. 

La crisis financiera de 2008 genero ruegos, no digamos sugerencias, de crear un sistema financiero global para reducir los desequilibrios comerciales, moderar los flujos de capital especulativos y evitar el riesgo sistémico (efecto dominó). Eso, por supuesto, era el objetivo del sistema original de Bretton Woods. Pero tal sistema hoy sería insostenible e indeseable. Entonces, ¿Cómo sería una alternativa?

El cambio de divisas es realmente necesario. En primer lugar, contribuye al desarrollo del comercio internacional, mejora las normas internacionales del trabajo y el uso efectivo de los ahorros poseídos, y al mismo tiempo brinda beneficios a toda la comunidad mundial. 

Entonces ¿qué vamos a hacer para que esto trabaje de mejor manera? Esta es la única pregunta que vale la pena formular. Pero las respuestas parecen esquivas. Nos enfrentamos a una crisis multifacética; la toma de gobiernos por parte de multimillonarios y sus grupos de cabildeos, la desigualdad extrema, el surgimiento de demagogos, lideres con poca visión, aquellos en los cuales buscamos liderazgo parecen aturdidos, sin voz, sin idea. Incluso si tuviesen el valor de actuar, no tienen idea que hacer. Lo único que ofrecen es más crecimiento económico: esto supone hacer desaparecer lo económicamente mal. No importa que aumente la destrucción ecológica; que no ha logrado aliviar el desempleo estructural o la creciente brecha de desigualdad; que, por muchos años, casi todo el incremento en los ingresos ha sido cosechado por el 1% superior. A medida que se pierden valores, principios y propósitos morales, la promesa de crecimiento económico es todo lo que queda. 

No podemos esperar a abordar nuestra situación sin una nueva visión del mundo. No podemos usar los mismos modelos económicos que causaron nuestras crisis. Definitivamente necesitamos replantear el problema. 

Vamos a lo fundamental, según mis conocimientos, el crecimiento económico, mide solo el flujo anual, no las existencias de riqueza ni su distribución. 

La economía es una ciencia universal, no es una ciencia normativa ni moralista donde juzga lo que es bueno y lo que es malo, su objetivo de estudio son las acciones de los seres humanos, por lo tanto, es algo que está en un constante cambio. La economía estudia las necesidades de: individuo, hogar, empresa, gobierno, país y el mundo. Es administrar la casa, dicen los griegos.

El objetivo de la actividad económica, debería ser, satisfacer las necesidades de todos dentro de los medios del planeta. En lugar de economías que necesitan crecer, nos hagan prosperar o no, necesitamos economías que nos hagan prosperar, ya sea que estas crezcan o no. Esto significa cambiar nuestra idea de lo que está (la economía) es y cómo funciona.

¡Ah, los años dorados! Si ocurrió una vez, ¿porque no otra? Solo que esta vez sin tener que descuartizar el planeta.

En cuanto a nuestro amigo Nicolás, el debió haberse dedicado a la abogacía solamente.

Escrito por Otto Sanabria

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