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Los caballeros medievales que regresaban de las Cruzadas, imbuidos de una sensación de final de los tiempos, se afanaron por hallar a lo largo de toda Europa la copa que se suponía había utilizado Jesús en la última cena, el Santo Grial. Para los Templarios y muchos otros, su simple búsqueda ya suponía aliviar los sinsabores de una existencia entonces violenta y preñada de supersticiones absurdas. Depositar sus expectativas vitales en alguien o algo sobrenatural de carácter salvífico era casi una necesidad en tiempos tan duros.

 

Al igual que el Dorado, ansiado por los conquistadores españoles a su llegada a América, el Santo Grial nunca se halló. Algunos autores medievales lo situaban en Britania, supuestamente llevado allí por quién sabe qué caballeros del séquito de Ricardo Corazón de León. Los Templarios pensaron que podría encontrarse en la tierras ignotas más allá del Atlántico de cuya existencia los hábiles pilotos portugueses intuían ya incluso antes de Colón. En fin, vanos intentos.

A mi memoria me vienen con frecuencia estos episodios cuando miro hacia atrás y veo cuánto he tenido que desaprender para poder aprender algo. Qué equivocado andaba cuando creía como ciertas verdades que han quedado oxidadas por el irrefrenable paso del tiempo, qué ingenuo llegué a ser al creer que existía una especie de verdad escondida, de fórmula mágica que solo los grandes de la industria poseían y que, cuan caballero templario, yo tenía la divina misión de encontrar contra viento y marea.

Recuerdo que empecé estudiando cada una de las compañías del Ibex35 que aparecían en la prensa. ¿De qué tipo de estudios y análisis se trataba? No lo sé muy bien, leía y leía periódicos como si en alguna esquina recóndita de la que nadie se hubiera percatado fuera a aparecer una señal divina que me indicase qué comprar. Creo que si hay algo, aparte de freír huevos, que no me acompaña en la vida son las estadísticas. Ni una sola vez durante aquellos malditos 3 años que duró la aventura disfruté de una sola posición en positivo pero ni por un solo minuto. Llamaba al banco, daba la orden y a los diez minutos el empleado de Caja Postal ya me decía que iba perdiendo 40, 50 pesetas de las de entonces. ¿La causa? No había hallado la fórmula mágica aún, me decía torpemente una y otra vez.

Al poco del “sí quiero” me trasladaron a Puebla de Guzmán, Huelva, lugar apartado y permanentemente coronado por una boina neblinosa que ni en los días más tórridos desaparecía. Allí las tardes pasaban lánguidas y somnolientas, casi eternas. Solo llevaba allí unas semanas y no sabía cómo me las arreglaría para sobrevivir a aquella atmósfera espesa e invernal.

Fue un incipiente internet en mantillas quien me libró de una melancolía segura. Gracias a aquel ordenador trasnochado que encontré casi olvidado en la Secretaría del centro, conocí el libro de Murphy de Análisis Técnico y los diversos indicadores que hoy día se manejan como si por sí solos fueran a arreglarnos la vida.

Cuando años después fui descubriendo las redes sociales y conocí al que considero realmente mi mentor, de cuyo nombre no quiero acordarme (como diría el ilustre hidalgo) ya me hallaba yo curtido en mil batallas con indicadores como el macd, el estocástico, las bandas de Bollinger y tantos otros que pasaban por mis gráficas efímeramente. No dejaba de reconocer que me habían supuesto un avance considerable pero sus cruces no me resultaban lo bastante fiables.

Aquel invierno crudo en que decidí irme a la otra punta de España para que el innombrable maestro me transmitiera sus conocimientos en persona y sentí la fuerza de las medias móviles, junto con parte del análisis técnico, en las operaciones en directo que proyectaba allí en aquella pared blanca de su aula, creí estar muy cerca del Santo Grial del trading. Veía con asombro cómo las velas parecían conocer las líneas que se dibujaban delante de nosotros, se mecían en ellas como en un columpio y ¡zas! allá iban como balas de un cañonazo hacia el objetivo marcado produciendo pingües beneficios a mi anfitrión, mientras su novia le felicitaba con besos de tornillo interminables. Recuerdo que mi imaginación volaba tan alto que podía haber vuelto a Sevilla casi prescindiendo del avión.

Con tan solo mirar las gráficas ya sabía de qué lado del mercado había que colocarse, solo con mirar, era increíble aquel avance. Mi fe en aquel sistema y en mi mentor se robusteció como una roca a medida que más operaciones iban saliendo positivas y pensé entonces que una peregrinación tan larga había valido la pena después de todo.

Si mi mentor decía en su web “largos” en el Dow, yo iba largo, daba igual que el sistema no acabara de marcarme la tendencia muy claramente, él lo decía y yo ejecutaba como un talibán de la fe más ortodoxa y así hasta que llegó lo que tenía que llegar. Había días en que parecía querer llevar la contraria a su propio sistema y cuando yo creía ver cortos él siempre cantaba largos, ya empezaba yo a pensar que aquellos besos de tornillo no eran sino la forma que su amante tenía para sorber sus entendederas a falta de sangre fresca, pues era tan extremadamente delgado que poca sed podía saciar aquella vampiresa. La confianza se me extinguía a borbotones hasta que unos compañeros miembros del grupo me enviaron extractos de cuentas ajenas gestionadas por el innombrable y pude casi sentir cómo el mundo se desvanecía bajo mis pies. “El maestro” no solo había hecho lo contrario de lo que nos repetía una y mil veces si no que además, por sus entradas precipitadas y sin sentido, parecía un  novato haciendo perder decenas de miles de euros a sus confiados e inconscientes clientes. Aquello fue un hundimiento, un Titanic en toda regla y entonces caí en la cuenta de que era cierto aquello que me barruntaba ya hacía tanto tiempo y que no quería reconocer: que los mercados son imprevisibles, que llevamos al enemigo dentro y que no hay fórmula mágica con la que enfrentarnos a tan temible enemigo.

Al cabo de unas semanas fui encajando la nueva situación. Un buen día salí a los Jardines de Murillo contemplé los árboles centenarios traídos de América en tiempos remotos y mientras observaba sus enormes brazos fui consciente por primera vez de cuánta sabiduría había ido acumulando en la búsqueda de algo inexistente. También vi claramente que al final de aquella odisea yo ya era un hombre nuevo y que lo más parecido al Santo Grial que iba a encontrar nunca estaba dentro de mí mismo y en el control de mis impulsos, y si esto era así no tardaría yo mucho tiempo en ver velas amigas recompensadas, por supuesto, con besos de tornillo.

Escrito por Juan Ángel Garzón

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