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      Aquel verano del 80 no prometía ser menos anodino que los anteriores. Llegado el mes de julio la mitad de mis amigos ya habían hecho peregrinación a la meca playera a rendir culto al rey Sol huyendo de los rigores estivales de Badajoz. Menos mal que aún no había llegado el tórrido agosto, cuando ni las lagartijas, con las que me entretenía empalando y metiendo en alcohol, se atrevían siquiera a asomar sus cabecitas por aquel infierno redomado. Al menos aún era julio y mi amigo Jose quedaba conmigo todas las tardes para ir a un bar donde por 5 duros pasábamos las tardes matando marcianitos y probando nuestras escasas habilidades con el Comecocos, aunque yo sabía que en realidad ese juego se llamaba Pac-Man gracias a mi profesor de inglés del colegio, al que apodamos el Morgan, que siempre decía que había vivido en Las Vegas y tenía “mucho mundo que contar”. Y sí, como era de prever, los receptores de aquellas historias de casinos y vaqueros ludópatas  éramos sus alumnos de 5º de EGB a falta de mejor audiencia. Yo por aquel entonces no sabía qué significaba aquello ni por dónde demonios caían Las Vegas, que por el nombre imaginaba que debía estar algo más allá de Badajoz, pero repetía aquella retahíla para darme un aire cosmopolita, que a la legua se notaba falso, como si fuera la frase más ingeniosa que hubiera escuchado nunca.

 

Así se me pasaban, sin ser muy consciente de ello, los mejores días de mi vida cuando mi padre un día me encontró cerca de casa y me dijo: “anda hijo, vamos para casa que ha llegado otro libro del 'reader digeh', anda, que hace calor aquí en la calle”. A mí me sonaba aquello como si se tratara de una entrada para un parque de atracciones, pues aquella colección era mi ventana abierta a un mundo nuevo y lejano que me permitía soñar y satisfacer la insaciable necesidad de saber que un niño tiene a los 11 años.

Aquella legendaria colección del Reader Digest (por supuesto en el Badajoz de aquella época nadie sabía pronunciar bien el dichoso nombre salvo el Morgan, que me dijo que se pronunciaba “rider daigest” o algo parecido) llegaba con puntualidad mensual, si no recuerdo mal, y lejos de ser aburrida era variada y entretenida. Podías leer desde las historias más espeluznantes de la América profunda, normalmente del sur de los Estados Unidos cómo no, hasta las vidas de científicos reconocidos mundialmente.

Precisamente una de las historias que más me sedujo fue la del famoso científico Isaac Newton, estudioso y descubridor de leyes tan fundamentales como la de la gravedad, la mecánica clásica, etc. Yo me lo imaginaba allí en su pueblo, empalando lagartijas como yo y con su amigo Jose, bueno en inglés sería Joe o algo así, mirando a todas horas el cielo, porque cómo si no podían descubrirse esas cosas tan complicadas si no era tendido durante horas y horas en el campo y mirando y esperando hasta que la gravedad se apareciera por algún sitio y él la reconociera al grito de, “eeeh, que la he visto yo primero”, y es que a esa tierna edad uno siempre piensa que las cosas hermosas se encuentran en el cielo azul, entre esas nubes tiernas de algodón de azúcar que tanta paz transmiten.

Cuando mi amigo Jose me dijo adiós a principio de agosto desde el coche de su padre, sentí un escalofrío de emociones que casi me hizo llorar, pero en vez de eso me dio por correr como una gacela ribera del Guadiana arriba y abajo. Menos mal que ese verano tenía a Isaac Newton que me contaría infinidad de cosas sobre sus descubrimientos.

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Lo primero que percibí leyendo la vida de Newton fue que no había sido feliz en su infancia ya que su padre había muerto muy pronto. Me temía que esta historia me obligara a utilizar más el diccionario de lo que yo pensaba, ya que a cada palabra me tropezaba con algo que me sonaba extraño. Al poco de morir su padre, su madre se casó con un pastor anglicano, se podía leer en el librito de la colección Reader Digest, “pastor anglicano”, ¿qué diablos sería esto? Mi padre no era precisamente un hombre de medias tintas, cuando creyó que era necesaria una enciclopedia en casa, compró la Espasa Calpe de 48 tomos creo recordar. Así buscar cualquier vocablo me resultaba tan agotador con solo pensarlo que me engañaba a mí mismo inventándome el significado de la palabra en cuestión: “pastor anglicano”, miré a la estantería que a duras penas podía soportar la enciclopedia y pensé, “¡ahh, claro, pastor de algún tipo de ovejas!”. Pasé medio mes de agosto sufriendo los vaivenes de aquella trágica vida que yo había creído maravillosa y a mediados de agosto me encontraba ya en la anécdota del jardín y la manzana. Me quedé anonadado leyendo cómo Isaac, al que llamaba así de cariñosamente después de tantos días de estrecha relación, pudo llegar a pensar en la gravedad simplemente viendo caer una manzana. Aquel personaje era realmente genial.

Mi gran sorpresa fue cuando me enteré de que Newton pasó a la política y acabó dirigiendo el Royal Mint o Real Fábrica de Moneda. Busqué y rebusqué en mis libros de texto del colegio y en ningún sitio decía nada acerca de eso. Estaba descubriendo cosas de Newton inéditas de las que mis amigos no tenían ni la más mínima idea (como si eso les hubiera importado mucho a ellos allá en la playa).

Un día mientras desayunaba llegué a la parte de su vida donde todo me parecía un enigma. Cómo sería que finalmente me vi abocado a utilizar la enorme enciclopedia. Solo llegué a entender que había una especie de empresa llamada Compañía de los Mares del Sur, que Newton compró algo que no sabía muy bien qué era y meses después se arruinó. Parece ser qué dijo: “he logrado entender las leyes del universo pero no las de la estupidez humana”. Y tras esto decía el libro que ni un genio puede comprender las leyes del mercado. ¡Madre mía! Si Newton no podía entender aquello del mercado, él, que había descifrado los mayores enigmas de nuestro universo, ¿qué tipo de lugar sería ese? ¿No sería el sitio adonde mi madre iba diariamente a comprar la carne y el pescado? No creo, si mi madre y yo mismo entendíamos cómo funcionaba un mercado de alimentos, no creo que Isaac fuera incapaz de entender tal simpleza.

El “mercado”, ¿qué mercado era aquel que Newton no había conseguido entender y por el que se arruinó? Yo había ya buscado varios vocablos y había tardado cerca de veinte minutos en desplazar, revisar y volver a colocar en su sitio aquellos libracos y, sinceramente, no me veía con ganas de volver al trabajo. “Mercado”, la palabra se me quedó revoloteando como un abejorro por la cabeza y no lograba asociarla a aquello tan horrible que le había ocurrido a mi ya amigo Isaac. Volví a armarme de paciencia y al fin en el tomo 18 encontré el término “mercado”. Había treinta y ocho acepciones del término y leí la mitad. Todas se referían a lugares donde se compran y venden productos pero no me aclaraba gran cosa. Una tarde de cuarenta grados a la sombra me fui a un parque y me quedé mirando unos árboles a ver si me llegaba algún tipo de inspiración o se caía algo, una manzana o algo así, pero nada. Sin embargo mi imaginación hizo el resto y asocié la manzana al mercado y pensé que lo que le había ocurrido era que había comprado muchas manzanas y esa era la causa de su ruina. Pero esa conclusión no me convencía. Extendí una sábana en el suelo de la biblioteca de mi padre, abrí tomo tras tomo de aquel mastodóntico montón de libros y me puse a revisar todas las acepciones de “mercado”. Unas dudas me llevaban a otras y en la última acepción del término “mercado” creí hallar lo que andaba investigando con tanto ahínco: “mercado: estado y evolución de la oferta y la demanda de un sector económico dado”.

Como es lógico aquel chaval de11 años apenas entendió una palabra de lo que había encontrado, pero sí que intuyó que era algo relacionado con la economía, con la compra-venta, con el intercambio de cosas. Sin saberlo, Newton me había ayudado a pasar gran parte del verano absorto en sus hallazgos y vivencias y no solo eso, si no que me había inoculado la curiosidad por algo que me acompañaría ya toda mi vida: el mercado de valores. Por eso siempre he considerado a Isaac como mi mejor amigo aunque él nunca lo supiera.

Escrito por Juan Ángel Garzón

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