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Cuando por primera vez vi sus caras tuve la sensación de que aquella espesa atmósfera de resignación y desaliento no podía provenir más que de sus rostros graves, cariacontecidos más propios de un funeral que de lo que nos ocupaba. Los encontré allí sentados con la cabeza inclinada hacia delante como esperando que la guillotina del complejo proceso que se nos venía encima seccionase definitivamente cualquier atisbo de plan estival.
Realmente fue el segundo día cuando fui totalmente consciente de que aquello iba en serio.

No había sentido hasta entonces las consecuencias del poder casi omnímodo que la Junta de Andalucía nos habían otorgado. Bastaba con responder un sí o un no a las preguntas a cuál más enrevesadas que nos hacían aquellas criaturas aturdidas para que temblaran como borregos camino del matadero y, por más que, al menos yo, intentaba esbozar una tímida sonrisa para calmar los ánimos, no había manera de hacerles ver que tras el acto de presentación no llegaría el fin del mundo si no que podrían volver a sus hogares sanos y salvos.


Durante esos momentos ya inolvidables, me puse a observar a mis compañeras detenidamente que, aunque con cierto aire marcial, se dirigían con tono maternal a unos “reclutas” obedientes, tan frágiles como un flan de gelatina, a quienes impartían instrucciones a diestro y siniestro a cuál más complejas. Fue su rigurosidad y determinación en lograr con éxito la misión encomendada lo que me llevó a pensar que mi implicación tenía que ser total, en solo unas horas había redescubierto lo que la disciplina, la lealtad y la determinación podían aportarme y me dediqué desde entonces en cuerpo y alma a tal empresa. Aquello no iba a ser una labor meramente administrativa donde rellenas unos informes de cualquier manera para salir del paso y te marchas a tu casa a toda prisa para huir de una rutina destructiva. Era algo bien distinto.

Junto a nuestra sala, se encontraba una especie de 'comando especial' perfectamente adiestrado para llevar a cabo la misión. A veces parecía un grupo jovial de amigos celebrando un cumpleaños, pero de repente se tornaban en los seres más silenciosos que uno pueda imaginarse, tal era la seriedad y concentración con la que corregían y realizaban su trabajo. Porque no cabe duda de que la personalidad de los jefes suele impregnar al grupo humano que trabaja en equipo y nuestras líderes respectivas eran personas con un alto grado de responsabilidad y carisma.

Justo es decir que mi equipo no se quedaba atrás. Contábamos con un compañero al que empezamos a llamar Messi, ya que se escabullía como buen delantero del marcaje al que le sometían las conversaciones pueriles que no tenían más intención que distraer, se centraba en el balón a toda costa y con una facilidad pasmosa llegaba con éxito a la portería contraría diciendo “y otro terminado”. En tiempo récord había rellenado decenas de plantillas de corrección cuando yo apenas había comenzado a echar un vistazo al material pendiente.

Pero fue en la segunda fase del proceso, la prueba de exposición oral, donde el vértigo ante lo transcendental de nuestras decisiones me produjo cierta ansiedad. Tras cada exposición, lejos de rellenar la plantilla correspondiente a cada opositor y que pase el siguiente, se producía, en medio de aquella selva burocrática sin sentido, un debate de gran altura donde buscábamos las características de nuestros futuros compañeros, en definitiva se trataba de seleccionar a los “profesores de nuestros propios hijos, y yo quiero que el de mi hijo sea el mejor”.

Al principio no alcanzaba a comprender el motor interno que impulsaba tanta dedicación y esfuerzo pero cuando una de mis compañeras pronunció aquella frase genial no solo lo entendí todo perfectamente si no que me sentí algo culpable por no haberlo pensado de esa manera desde el principio. Las horas pasaban sin tregua y seguíamos allí bregando (sin oír una sola queja) como si hubiéramos nacido para ello y nadie nos esperase en casa. Por vez primera en años, sentías que tu trabajo tenía sentido, éramos un equipo, era fantástico.

Pero la política, como suele ocurrir, chafó de alguna forma nuestros ideales, pues de la lista que habíamos elaborado con los posibles mejores profesores, pergeñada hasta la extenuación, aparecían muy pocos en la adjudicación final de plazas, debido a que la administración solo ponderó nuestra puntuación, generada a golpe de horas y horas en el yunque de nuestras cabezas, con un 60%. Algunos de los aspirantes más mediocres pasaron a primeros puestos por los méritos presentados, cursillos, tiempo trabajado, etc. y nuestros candidatos aparecieron o fuera o en puestos muy discretos. Nos quedamos con un sabor agridulce en nuestros paladares pero al menos nos íbamos con la conciencia tranquila. Éramos bien conscientes de que esta vez no eran los mejores precisamente quienes habían conseguido la plaza docente, pero nos consolábamos pensando que, al menos, a los más brillantes les habíamos dado la oportunidad de meter cabeza en el sistema por medio de bolsas de sustitución o por algún otro que la administración suele convocar.

Confieso que desde entonces estos compañeros son mis particulares héroes cívicos y os aseguro que aunque los encontréis en algún lugar, no conoceréis sus nombres, aunque os los crucéis en el centro de cualquier ciudad, nunca llegaréis a reconocerlos. No los busquéis en revistas de famosos ni en gruesos titulares periodísticos, no, porque quienes realmente actúan con ideales altruistas probablemente nunca aparecerán en los medios. Por el contrario, son gentes sencillas que aún creen en su trabajo, que defienden a capa y espada la razón social de su labor diaria en clases llenas de rechazo, probos funcionarios que no serían capaces de defraudar ni un céntimo y que a menudo ponen a disposición de una administración pocas veces madre y siempre madrastra sus propios medios con el filantrópico fin de cumplir a la perfección la misión encomendada, porque al final tras esa maraña de documentos e instrucciones imposibles saben que trabajan para la sociedad y es a ella a quien deben sus desvelos.

Doy fe de que existen y yo los he conocido.

Juan Ángel Garzón González


PD: En homenaje a Juan Luis, Fátima, Raquel, Benjamín, Silvia, Mª Águilas y, por supuesto, a mis admiradas Sara y Almudena, sin cuya labor y paciencia nunca habríamos culminado el proceso.

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